17.11.10

DON GENIOS COINCIDENTES

Oscar Wilde, actuó como una especie de torero tremendista retando con su conducta singular a la exquisita sociedad de su tiempo. Con arrojo desafió valores, tradicio­nes, principios, costumbres. Recorrió toda la gama mise­rable de las enfermedades vergonzosas, y se sumergió en el oscuro túnel de los burdeles, las tabernas, los destartala­dos hoteles, en los que consumó vergonzante su escanda­losa condición homosexual, el goce pagano de los exce­sos, la desmesura sin límites, ni barreras, las excentricida­des famosas de su alocada y desconcertante juventud.
Nadie imaginó que dos niños tiernos, nacidos en 1.854, hace 151 años, fueran a ser con el correr de la vida «compañeros de infierno», enormes figuras protagónicas de la literatura universal. Osear Wilde nació en Dublín, y Artur Rimbaud, en Charleville. Los dos recorrieron apasio­nados el sendero azaroso y contradictorio de la virtud litera­ria y el vicio personal. Los dos escandalizaron a sus con­temporáneos ufanándose de su condición homosexual y su dependencia letal del alcohol y las drogas. Los dos fue­ron ante los ojos de la sociedad de su tiempo escritores malditos y proscritos. Wilde, exhibiendo su amor desafora­do por los jovencitos y su fatal amistad con Lord Alfredo Douglas. Y Rimbaud, con su torturada y trágica pasión por Paúl Verlaine. Los dos se movieron, con exquisitez, entre la frívola paradoja, la sugestiva ironía, la meditación profunda y la escritura de novelas, poemas, obras de teatro. Ambos trataron, a su insólita manera, de descifrar el supremo mis­terio del alma humana. Y así lo demostraron en su genial e intensa creación literaria. Sus dos enormes mitos crecieron, con esplendor y fama inusitada, en París y Londres. En esas ciudades deslumbrantes, en su singular universo cul­tural vivieron parejamente su gloria y su miseria. Ambos fue­ron legítimos exponentes del «arte de la insolencia». Los dos entendieron al mundo como contraparte y construye­ron sus simbólicos castillos de insularidad. Ambos, emula­ron en manejar con arrogancia y talento las frases chis­peantes, la critica despiadada y el humor corrosivo.
Wilde, retaba al público más allá del placer que le pro­digaba con sus obras. Y decía, con su tono irónico, que el público solía tener una «curiosidad insaciable por conocer­lo todo menos lo que merece la pena». Rimbaud, en los supremos delirios de la droga exclamaba: «cuanto más se escribe, menos se piensa». El escritor español Vila Matas, dice que éste último llego a la escritura tras haber constata­do la bancarrota de la palabra. En su libro «Una Temporada en el Infierno», exclamó desesperado «debo enterrar mi ima­ginación y mis recuerdos». Wilde y Rimbaud, genios los dos de la paradoja, la contradicción, la poesía y la bohemia galante. Los dos se dieron el lujo de demostrar, con el des­bordamiento de sus vidas, lo que uno de ellos había expre­sado con desplante que «el arte es una tontería».