5.11.10

Nuestro señor Don Quijote
A monseñor José Vicente Castro Silva, humanista sin par e ilustre rector del Colegio Mayor del Rosario, debo mi temprana devoción por el Quijote. En el bachillerato en filo­sofía y letras que cursamos, bajo su insuperable tutoría espiritual, era texto de obligatoria lectura el famoso libre de Cervantes. Confieso que la primera aproximación a sus páginas me dejo entre perplejo y aburrido. Mi opinión inicial, un poco decepcionada suscitó la sonriente preocupación del aestro quien en sus continuos y brillantes diálogos con los discípulos, solía divagar sobre temas históricos y literarios, aterrizando siempre en las páginas del Ingenioso Hidalgo, no sin adornarlas con ocurrentes comentarios producto de su imaginación, sus conocimientos y su admirable y elocuente manejo del idioma. Dominaba el itinerario de Don Quijote y Sancho, conocía minuciosamente la geografía, los personajes, los paisajes, los azarosos sucesos y los dislates y genialidades del personaje cervantino, de Dulcinea y de sus amigos el bachiller Sansón Carrasco, el escribano y el inolvidable Sancho Panza. Escribió un bello libro sobre la ruta del Quijote, impecable como todo lo suyo en la forma expresiva y grandioso en la singular penetra ción en aquellas páginas con las cuales Cervantes dio ini cio a la novela moderna.
Con su consejo certero Castro Silva se anticipó a la sentencia del mexicano Carlos Fuentes sobre la convenien cia de leer, pacientemente, en las distintas etapas de la vida, los textos de Don Quijote. Según los dos autores, en cada época de la existencia la lectura del Quijote produce nuevas y originales visiones y reflexiones que dejan en el espíritu la rotunda sensación de lo expresado por Mario Vargas Llosa, que esta obra «tiene también la virtud de ilustrar de manera muy gráfica y amena las complejas relaciones en tre la ficción y la vida, la manera como esta produce ficciones y éstas luego revierten sobre la vida animándola, cambiándola, añadiéndole color, aventura, emociones, risa, pasiones y sorpresas». La clave de la sabiduría eterna que entrañan las páginas del quijote «se debe a si mismo a la elegancia y potencia de su estilo, en que la lengua española alcanzó uno de sus más altos vértices». Es la incompara ble capacidad que tuvo Cervantes para encarnar en Don Quijote de la Mancha, la pluralidad, la belleza, las contradicciones, el sutil encanto de la existencia humana. Cada vez que se recorren sus páginas se encuentra, como un tesoro nuevo, la imagen de las múltiples facetas de una seductora visión de la condición humana. Por eso desde nuestros tiempos estudiantiles hemos tenido al «Ingenioso Hidalgo» como un inseparable compañero que nos conduce a hallar la luz en medio de las tinieblas, como una fuente de preciosa sabiduría, a través de esos dos «encantadores charlatanes que derrochan conceptos», al decir de don José Orte ga y Gasset, en «Las Meditaciones del Quijote», quienes fueron capaces, entre la realidad y el sueño, de darle vida al más hermoso «canto a la libertad» que se haya escrito en la literatura universal.

23.10.10

LIBROS Y SUEÑOS: 
EL NUEVO LIBRO DE ALBERTO SANTOFIMIO
Por: Carlos Orlando Pardo
Carlos Orlando Pardo
Con alguna regularidad, desde hace ya no pocos años, conocemos la noticia de un nuevo libro de Alberto Santofimio Botero. Por encima de todos los calificativos que le endilguen amigos o enemigos, él es, en esencia, un académico y un humanista, un comunicador y un escritor. Santofimio, con acendrada disciplina y talento intelectual, se dedica a la tarea de escribir sobre los más diversos temas, siempre con un estilo literario. Su lenguaje exquisito y buen tino en la selección de los temas, al igual que su tarea reflexiva, nos dejan la grata impresión de estar asomados a un paisaje de buen gusto. Y no se trata de un oficio improvisado como en muchos para completar la máxima de tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. No. Es amplia su bibliografía y su experiencia en las lides periodísticas y académicas desde tiempos tempranos, con la ventaja de no haber abandonado jamás su incontrolable pasión por la lectura y la escritura de textos. Sus contenidos van desde los intricados problemas económicos a nivel nacional o internacional, sobre autores europeos o latinoamericanos y sus devociones por la narrativa y la poesía del continente o del país en sus variadas épocas. De allí la variopinta realidad que nos ofrece, sin que abandone jamás una prosa poética y una fina construcción del material verbal. Con la sabiduría que ofrece la síntesis y la obligada sinopsis que prima en los periódicos, salvo que se trate del ensayo, Santofimio logra, sin que se note un esfuerzo de mutilación, una claridad contundente en el apretado margen de las 451 palabras por artículo. Y es con ellos que elabora buena parte de este volumen en una rigurosa selección de las columnas que mantiene con regularidad en varios medios. Pero no es una antología de antiguas colaboraciones sobre las que han salido algunos de sus libros, sino las de su último período donde es fácil advertir cuáles son sus preocupaciones intelectuales. No es sorpresa que se encuentren aquí desde lo que pudieran ser las novedades bibliográficas, puesto que también se remonta a aniversarios de grandes escritores de todos los tiempos, sino alcanza la resurrección de autores que bien vale la pena releer. La lección que nos señala Alberto Santofimio es que con él pareciera extinguirse una estirpe de políticos que a partir del nacimiento mismo de la independencia o la república, ejercieron la acción representativa o estatal bajo el conducto virtuoso de la cultura. Para quienes ejercen en estos tiempos la política no es usual que dediquen tiempo a la lectura y mucho menos siquiera al intento de escribir. Lejos estamos de aquellas generaciones de políticos que cultivaban paralelamente el humanismo como una integralidad necesaria para la mejor comprensión del mundo. Hoy por hoy, casi en su totalidad, encarnan seguramente la audacia en su mecánica, pero incorporan el divorcio y con ello el desprecio a la lectura. De allí que, si bien es cierto gozamos de un mejor país en cuanto nos ha llegado la tecnología y el modernismo, también lo es que sufrimos de un profundo atraso por lo que significa la ausencia de cultura y con ello el abandono para estos temas vitales de la gente. Como bien lo recuerda Malcolm Deas en su libro Del poder y la gramática, el buen ejemplo lo proyectan desde inquietos y ambiciosos guerreros y políticos colombianos como el general Rafael Uribe Uribe, quien escribió cuentos para niños, dictó conferencias y publicó periódicos en los intervalos de las tres guerras civiles en las que participó y hasta escribió un diccionario abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones de lenguaje con 300 notas explicativas en un denso trabajo de 376 páginas, hasta personalidades como Caro y Cuervo, Marroquín o Suárez, para sólo nombrar pocos modelos. Entonces eran figuras eruditas e inteligencias destacadas con interés por el idioma, la pureza de la lengua y el gusto por la literatura, así como con la concepción de que lenguaje y poder deberían permanecer inseparables. Por encima de las equivocaciones que tuvieron en el ejercicio de la política, incluido Bolívar o Santander, quedó de ellos una obra destacada y su devoción por la cultura. Ya que fueran presidentes o ministros, jefes políticos o guerreros, jamás descuidaron por un solo momento lo que tuviera que ver con su formación. Para los tiempos de hoy, buena parte de los políticos hacen gala de profusa ignorancia y de algunos niveles de analfabetismo, tanto en lo que hablan, (cometen errores de ortografía haciéndolo), como lo que escriben, (si es que alguna vez lo hacen), generándose en su imagen, por encima de la sonrisa estándar de las fotografías en sus propagandas, un desolador espectáculo de mediocridad. De allí que a partir de la misma raíz muestren desprecio por todo lo que tiene que ver con la cultura, cada vez más huérfana de apoyo porque la conciben sin utilidad, salvo que sus rubros se gasten en quemas de pólvora o reinados. Por eso nos entusiasma que la figura controvertida de Alberto Santofimio Botero continúe con la disciplina de la escritura y nos regale el invaluable placer de leerlo, puesto que es siempre una delectación el estacionarnos en sus páginas y dejarnos llevar de su mano sabia por los maravillosos laberintos del conocimiento. Sin embargo, no se trata solo de la información y puntos de vista novedosos, como del particular enfoque que lo distingue como un ser sensible desprovisto de sectarismos y una personalidad que siempre brilla con luz propia. De otra parte, es bueno destacar de qué manera todo está cubierto por el traje de la sinceridad, ese destino del cual escapan tantos que no quieren ningún enfrentamiento. Desde luego sus columnas educan, una forma de redimir, reflejando como un espejo sin empañarse lecciones de saber. El cultivo que ha hecho Santofimio de su inteligencia es demostrarnos que siempre se está aprendiendo, señalarnos qué vale la pena leerse y darnos a entender, con Brougham, que la gente culta es posible que sea fácil de gobernar pero difícil de esclavizar. Comparte entonces el escritor sus entusiasmos sin la fuerza del egoísmo, sin mezquindades sobre lo que conoce del mundo y de la vida y ante todo demuestra su vigencia, su capacidad para mantenerse sobre el lomo del conflicto y el alma de los libros, entendiendo con Franklin que uno permanece si escribe algo que vale la pena leerse o valga la pena escribirse. A pesar de que varios se confederen aún para atacarlo, lo que queda claro es que quien ha merecido honores y soportado injurias, todos saben que honra la palabra, la imaginación como el ojo del alma y la independencia como una fortaleza, no quejándose nadie de su memoria ni de su juicio ni de su capacidad vigilante, laboriosa y atípica, cargada de meditaciones, lecturas, pensamientos, críticas, sosiegos y desesperanzas, lo que comprobarán al leer este libro que está habitado de artículos de lujo.
Notas sobre el libro Palabras y sueños de 
Alberto Santofimio Botero

Por: Carlos Martínez Silva*

Este título Palabras y Sueños, nos hace recordar, por su similitud, al libro Pensamientos y Meditaciones del pin­tor, escritor y alumno de la Escuela de la Sabiduría de Beirut, Khalil Gibran, quien de joven, era feliz inmerso en las tor­mentas de las costas Mediterráneas, tanto como nuestro escritor, historiador, poeta y humanista Alberto Santofimio Botero, en medio de las tempestades de la política en Colombia.

Su lectura nos permite escrutar sus pensamientos, definir los rasgos de su propia y vertiginosa existencia y ratificar esa formidable capacidad que tiene para comuni­car verbalmente sus ideas, sin vacilar, sin fallar en la estructuración de las frases, con pasmosa precisión y con fa cadencia y el vigor que ha cautivado todas las audien­cias.

Recordamos los fragosos acordes Wagnerianos de sus discursos en la plaza pública, la sonoridad orquestal de sus intervenciones en la Academia o en el Parlamento y el encanto musical de sus declamaciones, cuando recita a Neruda, a Rilke, a Lorca o a Rimbaud De aquellos, nu­merosas ediciones han permitido guardar para la Historia un enorme acervo literario que interpreta su pensamiento político. De éstas, hemos sido testigos afortunados en inol­vidables tertulias al calor del afecto que ha prodigado a sus amigos. Gracias al conocimiento que tiene del Idioma, la Historia, la Literatura, las grandes corrientes del Pensamien­to Universal y, desde luego, la condición del ser Humano, hace con propiedad las semblanzas de los grandes acto­res de nuestro tiempo, de De Gaulle a Churchill, de Sartre a Azorín, de Alberti a Canetti, de Silva a De Greiff, de Gaitán a Lleras Restrepo, de Lozano y Lozano a López Pumarejo, de Núñez a Echandía.

En el análisis de las circunstancias políticas más difí­ciles, y de los conflictos sociales y económicos más agu­dos, se expresa libremente Santofimio Botero sin ataduras ni convencionalismos, con irreverencia y, si es necesario, con insolencia, por que sabe que sus libros deben dejar una «huella perdurable» y por que «escribir significa entre­garse por completo». Franz Kafka decía al principio del Si­glo Veinte:» solamente debemos leer libros que nos muer­dan, que nos piquen, que nos arañen», y al final del mismo Siglo, Umberto Eco decía en sus Apostillas al Nombre de la Rosa que, al escribir una novela policíaca del medioevo, «quería convertir al lector en mi presa» y al ubicarla en el contexto físico de una, abadía, «tenía ganas de envenenar a un monje».

Entonces, que lo digan estos títulos: Rumbo al Socia­lismo, Convocatoria a los Inconformes, Estoy Uniendo al Pueblo y Dividiendo a la Oligarquía. La Patria Socialista del Mañana, Revolución con Libertad, y muchos más que for­man parte de sus Obras Selectas editadas por el Congre­so de la República en tres tomos de la colección Pensado­res Políticos Contemporáneos.

Con la autoridad que le otorgan el conocimiento del país, sus problemas y sus gentes, y la percepción del fenó­meno histórico del siglo veinte y su aproximación al siglo veintiuno, aborda los más diversos temas con seriedad y convicción, con dolor patrio y con franqueza. Del capítulo Ensayos Breves de Historia. Política y Literatura, destaca­mos «Dos Genios Coincidentes» por la sorprendente, in­sólita y casi imposible ecuación en que involucra a Wilde y a Rimbaud, y entre los Prólogos de libros de historia, bio­grafías, poesía, pintura, leyes, música y fotografía, su bella página «El tiempo detenido» escrita para el libro en que Germán Huertas Combariza hace gala de sus condiciones de Fotógrafo con su excelente álbum sobre Villa de Leyva. El texto del discurso de posesión en la Academia de Histo­ria del Tolima sobre la vigencia del pensamiento de Marx, nos lleva a asegurar que afortunadamente éste trascende­rá por siempre todos los acontecimientos de la Historia Universal, y el Capítulo sobre «Recuerdos de Ibagué de 1948 a 1963» reanima nuestros sentimientos de haber com­partido con tanta intensidad los sucesos de un pueblo ele­mental, y por ello mismo, también Universal.

Su arista menos conocida es la del Poeta tal vez por que él mismo ha procurado guardar celosamente la pági­nas que le han inspirado sus sentimientos más íntimos, hasta el punto de que Eduardo Carranza k> llamó alguna vez «Virrey de la melancolía y Príncipe de la poesía secre­ta». Paralelamente a una reciedumbre de carácter, fruto de sus inquebrantables convicciones, hay en Santofimio Botero una ternura, una sencillez y una transparencia espirituales, que le han permitido disfrutar de la Poesía como una de sus grandes pasiones. En su libro nos entrega su bella pá­gina «La Elegía del Adiós», a la manera de los Pequeños Poemas en Prosa de Charles Baudelaire, escrita en una tarde de otoño en el ambiente de su café parisino preferido Les Deux Magouts. Ya en su libro anterior Con mi Propia Voz nos había regalado cuatro sonetos impecables, que le aseguran un sitio de privilegio en la gran antología de la poe­sía colombiana Superado ya el vértice del «bello mediodía del camino de nuestra vida» enunciado por él mismo con las palabras iníciales de La Divina Comedia, y el vórtice de los años más difíciles de su existencia, el primero merced al paso de los años y el segundo gracias a la fortaleza de su espíritu y a la presencia inteligente, bella, amorosa y devota de su mujer, Liliana Correa Uribe, sigue Santofimio Botero la vertiginosa estela de su ruta con la fuerza de sus capacidades intelec­tuales, su profunda formación humanística, la lectura infati­gable, el reencuentro consigo mismo y a la entrega incondi­cional a la amistad leal y verdadera.

Esta atmósfera fue estructurando los temas del libro Palabras y Sueños, cuyo contenido de alguna manera nos hace partícipes, en la medida que hemos acompañado a su autor en sus vivencias y asistido a sus convocatorias para ratificar la identidad y el paisanaje, la amistad y la afini­dad fraternal con un grupo humano al que pertenecemos con orgullo. Tardes enteras cargadas de afecto y camara­dería, propiciaron el diálogo cordial, la controversia franca y el comentario agudo sobre los hechos, los libros, las noti­cias malas y las buenas, del momento.

Allí compartimos las angustias de Paul Gauguin en su lucha por realizarse como Pintor cuando Vargas Llosa en El Paraíso en la Otra Esquina señaló que aquel había regalado a su amigo Van Gogh un auto-retrato transforma­do en lean Valjean el héroe de Los Miserables para denun­ciar la incomprensión, la intolerancia y la envidia de las gen­tes, condiciones que no cambian con el correr de los tiem­pos ni con el desarrollo de las sociedades. Allí también re­cordamos la forma como José Saramago en El Evangelio Según Jesucristo descubrió que María Magdalena era ru­bia, gracias a un grabado de Durero, y como tal, natural o artificial, eficaz instrumento de pecado y perdición.

Nos recreamos en la lectura de los sonetos de Shakespeare traducidos magistralmente por nuestro gran escritor William Ospina y con la obra de Jacques Barzun Del Amanecer a la Decadencia que narra la historia de cin­co siglos de la Cultura Occidental, reflexionamos sobre la pequeñez de nuestra escena regional, que tiene también un espectro histórico de quinientos años. Quizás así surgió el entusiasmo por los escritos sobre la historia de nuestro pueblo, que nos permitieron el acceso a la Academia de Historia del Tolima.

Las palabras y los sueños de Santofimio revelan la figura de un personaje de gran modernidad, o mejor, de gran post-modernidad. Su actitud existencial, su desbor­dada actividad intelectual y producción literaria quieren expresar tantas cosas que todavía guarda en su interior, en su ethos, y las dice tan apasionadamente, con su pathos, en el verdadero sentido filosófico, como tratando de completar una obra no acabada.

No ha resuelto aún el conflicto entre el intelecto y la pasión por la política. Por lo tanto, no ha aceptado siquiera la posibilidad de su retiro de la escena pública, ni tampoco ha superado el otro gran conflicto, de no haber cumplido completamente su compromiso con la Historia. Habrá que repetir, entonces, lo que dijo BaudeJaire, hablando del pin­tor Delacroix:»para un hombre así, dotado de tanto coraje y tanta pasión, las luchas más intensas son aquellas que debe mantener consigo mismo»

*Ex Gobernador  del  Tolima,  Ex Alcalde  de   Ibagué  y  profesor de  la   Universidad   Nacional     de Colombia.

20.8.10

La vida sin buen nombre

Ahora, cuando el director de este medio me ha invitado a escribir libremente sobre el tema de mi buen nombre, y de las garantías que no he tenido para defenderlo, me he sentido enormemente sorprendido, porque pensaba que el asunto solo podía interesarnos a mi familia, a los fieles amigos cercanos entre los que se encuentra Emerson, y, desde luego, a mi, muy íntimamente. Era entonces algo que no debía trascender el insignificante lindero de la vida privada. Además, habíamos tomado la decisión de no hablar jamás del asunto y de asumir ante él una serena actitud de indiferencia.
Un día, en una reunión alguien hizo una alusión dolida a esta situación tan injusta como crónica. Les pedí entonces que invirtiéramos la sentencia de Naguib Mahfouz, el premio Nobel de Literatura de 1988: “Los humanos recuerdan más lo que les duele, que lo que les complace”. Y así, invitándolos a evocar recuerdos imborrables de tantos momentos gratos de la existencia compartida, corté de un tajo el rumbo de la conversación.
En el trance de hilvanar el rastro de estos últimos 30 años, en los cuales ha sido evidente la sistemática saña de algunos medios de comunicación para referirse a mi nombre, y a pesar de quererle hacer honor a la buena memoria que, comúnmente, se me atribuye, me ha resultado difícil construir, en precisas palabras, la que pueda ser una síntesis afortunada del impacto moral que este fenómeno ha producido en nuestro espíritu. El primer gran escollo, en medio de un mar de recortes, grabaciones, videos y recuerdos personales es el de establecer el exacto limite entre la realidad y la leyenda. Buceando en la oceánica extensión de estas evocaciones he llegado a la conclusión de que sólo en una frase del genio griego de Pindaro puedo hallar tranquilidad para precisar ahora mis opiniones sobre: “Un cuento recubierto de deslumbrantes mentiras contra la palabra de la verdad”. Porque esto ha sido, sin duda, la inicua leyenda contra mi, ese pesado alud de tergiversaciones, injusticias, parcialidades, afirmaciones sin sustento, verdades a medias y mentiras de a puño, enderezadas siempre a causarle daño y a lanzarle lodo a mi honra.
Por estos días, leyendo en El Libro de las Ilusiones de Paul Auster, “lo que importa no es la habilidad para evitar los problemas, sino la manera en que se enfrenta uno a ellos cuando se presentan”, pienso que así fue mi actitud serena frente a los conflictos y las adversidades. Los errores y las equivocaciones que cometí a lo largo de mi vida pública los asumí siempre, dándole la cara a la sociedad, al Congreso o a la justicia, con entereza moral y coraje suficientes para esclarecer o aceptar la dimensión de mis actos. Sobre lo que de estos se dijo en los medios de comunicación, con respecto a la verdad, sin exageración ni sesgo, mal podría tener yo reparo alguno. Porque, la verdad, así sea contraria a nuestros deseos, es definitiva, escueta e inapelable. Mi reproche fundamental ha sido entonces a la manipulación, a la insidia y al repetido matiz injurioso, pero sobre todo a la sistemática negativa de esos medios a publicar las rectificaciones, las aclaraciones y las réplicas. La exclusión de los argumentos de la victima ha sido la más monstruosa actitud totalitaria contra la libertad de expresión y los derechos humanos esenciales. Ha sido, sin duda, dentro del clima de violencia generalizada que el país ha padecido todos estos años, una genuina expresión del secuestro moral, tan abominable como el secuestro físico que todos, sin excepción, combatimos en Colombia. A los libros que he escrito sobre literatura, política e historia, bien podría agregar un grueso volumen titulado “Las rectificaciones que jamás me publicaron los medios de comunicación”.
Benedetto Croce, afirmó alguna vez que: “toda historia es ficción y toda ficción, es historia”. En la esclarecedora fuerza de esta sentencia está la clave de la dificultad para vivir sin las garantías necesarias para defender el buen nombre, para soportar la poderosa capacidad de daño de quienes ostentan la concentración de la riqueza, asociada a la propiedad plural de medios de televisión, radio y prensa escrita. Se necesita estar asistido por una superior tranquilidad espiritual y una vocación intelectual dominante para poder coexistir con este complejo desafío.
Mientras tuve mi tribuna en el Congreso de la República, sentí que desde allí fue posible y eficaz la defensa de mi nombre, hasta el punto de no haber sufrido un solo revés electoral cuantas veces presenté mi candidatura a las corporaciones públicas, acosado por el cerco hostil de los medios a los que me he venido refiriendo.
Ahora, retirado del parlamento y de la política electoral, me muevo como ciudadano corriente en todos los escenarios del diario discurrir. En los centros comerciales, en las colas de bancos, aeropuertos, cines y mercados, en restaurantes, museos, clubes sociales, bibliotecas y librerías, recorriendo las ciudades a pie y el país en automóvil, me tropiezo con la más variopinta gama de personas. Confieso que jamás he tenido que soportar un maltrato o una actitud descompuesta. Por el contrario, muchos se me acercan con admiración y afecto y los que, seguramente, no comparten estos sentimientos, conservan una conducta respetuosa y amable. Esto me hace pensar en lo inútil que ha sido la persistente tarea de mis detractores de los medios para tratar de dañar mi imagen y mi nombre ante la conciencia independiente de mis compatriotas.
Esta situación generó en mi espíritu un clima de confianza y de seguridad para derrotar los temores que tuve al comienzo de esta otra nueva etapa de mi vida. Inicialmente, un día en el aeropuerto Eldorado, una señora me miro largamente, con insistencia nerviosa, y luego se me dirigió diciéndome: “De modo que usted es Santofimio”. Y yo le repliqué sonriente: “Cada rato me confunden con él”. Ella me insistió con vehemencia: “Qué lástima que usted no sea él, porque yo quería abrazarlo y decirle que es la persona que más admiro cuando lo oigo hablar”. Guardé silencio, pensando que ya era tarde para recuperar mi identidad momentáneamente perdida y agradecerle a la señora la generosidad de sus palabras.
En otra ocasión, en la inmensa plaza de Villa de Leyva, caminaba con un amigo cuando se dirigieron en tropel hacia nosotros unos parroquianos con sus ruanas, sus sombreros característicos y su infaltable botella de cerveza en la mano. Con el tono inconfundible de las gentes boyacenses, quien lideraba el grupo expreso: “¿Sumercé es el mismísimo doctor Santofimio?”. Yo, que pretendía seguir en mi discreta penumbra, no tuve más remedio que responderle: “Si, a sus ordenes”. Entonces él contesto, coreando con entusiasmo por sus acompañantes: “Es que queremos decirle que usted es el Presidente de Colombia que no nos han dejado elegir”.
Todas estas cosas son las que me han hecho reflexionar emocionado en la sencilla bondad de la gente colombiana, en el alma pura de los integrantes de ese estado llano, ajenos al odio que respiran ciertos sectores de la prensa y de la supuesta “clase dirigente”. Por todo esto, rodeado de libros, de amigos y de afectos, escribiendo, viajando, opinando, aconsejando, estimulado por el privilegio de tener el cerco de ternura de mi familia, mi esposa, mis hijos, mis parientes y de disfrutar de la actitud comprensiva de las gentes comunes, he logrado superar la injusta y permanente arremetida del poder de ciertos medios de comunicación, y así he podido realizar tranquilo la increíble hazaña de vivir sin garantías para defender el buen nombre, y sin caer jamás en los terribles abismos de la amargura.
Gracias a Rescoldo, gracias a Emerson, quien a pesar de nuestras denotadas posiciones y principios políticos, me permitió escribir lo que desde hace mucho tiempo quería expresar, incluso en medio de la frialdad que produce el equivoco encierro del que fui victima por cuenta de los últimos acontecimientos.